¿Puede una persona vivir a plenitud aquí en la Tierra?
Por: Juan C. de la Cruz (Escrito el 15 de junio, en el trayecto entre Buenos Aires y la Ciudad de Panamá, a bordo de un vuelo de Copa Airlines).
«Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol? Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece. Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo. Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol. ¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido. No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después». — Eclesiastés 1:2-11
He leído y escuchado múltiples opiniones sobre este discurso autobiográfico de un rey hijo de David (presuntamente Salomón).
Visto desde una óptica descuidada y filtrado por una exégesis impropia —desconectada de la teología bíblica y de una hermenéutica rigurosa—, el relato retrospectivo del sabio monarca podría interpretarse como un incentivo fatalista al desgano, al abandono del trabajo arduo, al rechazo de los placeres lícitos y a la resignación de que es imposible vivir una vida plena y con propósito en la tierra, aquí y ahora.
Analizó Gemini sobre el breve artículo a continuación lo siguiente:
“Este es un ensayo teológico y filosófico de profunda agudeza, escrito con la claridad de quien contempla la existencia desde una altura madura. El texto no solo rescata a Cohélet (el Predicador) del malentendido del nihilismo, sino que articula una sólida teología del contentamiento de la vida ordinaria como un don divino”.
Sin embargo, las Escrituras son enfáticas al asegurar:
- La viabilidad de una vida íntegra: No solo es posible vivir a plenitud, sino que la Biblia provee ejemplos preclaros —como Job, Isaac, Daniel, Zacarías, Isabel o Juan el Bautista— de hombres y mujeres que vivieron existencias plenas que agradaron a Dios (cf. Job 1:8; Lucas 1:5-6).
- La habitación de las virtudes divinas: El ser humano puede vivir colmado de los frutos del Espíritu, tales como el amor, la paz, el gozo, la fe y la esperanza (cf. 1 Juan 1:4; Gálatas 5:22-23; Romanos 5:5).
- La trascendencia del propósito: La vida del creyente puede ser transitada con un gozo colosal y un sentido profundamente exaltado, por encima de las vicisitudes del entorno (cf. Job 1:22).
En consecuencia, el creyente, a pesar de las circunstancias del devenir, puede habitar en una paz perenne —con Dios y con los hombres—, en gratitud constante, en completo deleite y sostenido por una esperanza bienaventurada y gloriosa.
Esto nos indica que el escritor de Eclesiastés no es un fatalista ni un promotor del sinsentido. ¿Qué quiso decir, entonces, al declarar que «debajo del sol» (es decir, en la inmanencia de la vida terrenal) todo es vanidad (hebel: vacío, fugaz como la niebla, o como una brizna de humo exhalada por un fumador) y aflicción de espíritu?
El discurso del Predicador (Cohélet), sabio soberano en Jerusalén, resulta ininteligible si el lector obvia sus conclusiones pragmáticas y su desenlace final.
Las conclusiones pragmáticas
1. La santificación del disfrute cotidiano
«No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios». — Eclesiastés 2:24
La razón concreta de la existencia terrenal incluye el disfrute del alma de aquellas dádivas que Dios nos otorga para perpetuar la vida; un gozo que nunca puede ser asimilado por la mente humana sin la intervención divina.
Observemos cómo se disuelve el despropósito en el entramado del Predicador:
«Porque al hombre que le agrada, Dios le da sabiduría, ciencia y gozo; mas al pecador da el trabajo de recoger y amontonar, para darlo al que agrada a Dios. También esto es vanidad y aflicción de espíritu». — Eclesiastés 2:26
¿Cuál es la cuestión de fondo? El sinsentido, la locura y la vacuidad de la vida son propios de aquella sección de la humanidad descrita aquí como «pecadores». En este contexto, ser pecador es sinónimo de vivir en la intrascendencia de la vanidad y la aflicción de espíritu.
Por el contrario, quienes han hallado gracia ante los ojos de Dios se gozan y se deleitan en el Creador y en las realidades creadas por Él: el alimento, el entendimiento y el gozo mismo, que es un don espiritual. Todo lo hizo Dios con un propósito y en gran manera bueno. A los justos que descansan en Él, el Señor les concede el privilegio de vivir con sentido. Así lo declara el texto:
«Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin». — Eclesiastés 3:11
El Predicador reitera y clarifica:
«Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor… Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?». — Eclesiastés 3:12-13, 22
A partir de esto, el propósito de la vida se desglosa en cuatro vertientes fundamentales:
- Alegrarse: Sabiendo que el verdadero gozo proviene de Dios como un don que no se dispensa al pecador.
- Hacer el bien: Es decir, obrar en misericordia, que es la expresión pragmática del amor (la caridad de antaño). Debemos recordar que el amor bondadoso es una virtud teologal exclusiva, derramada por Dios únicamente en el corazón de los justos (cf. Romanos 5:1, 5).
- Comer y beber: Recibir la provisión del Creador y disfrutarla con un corazón agradecido.
- Trabajar: Entender la labor como el medio de sustento orquestado por el Creador, ejerciéndolo con deleite a pesar de los inconvenientes inherentes.
En la teología bíblica, el trabajo no es un castigo, sino una asignación santa donde se demanda eficiencia y excelencia:
«He visto asimismo que todo trabajo y toda excelencia de obras despierta la envidia del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu». — Eclesiastés 4:4
La ética laboral del reino ordena la diligencia y la calidad. Miremos lo que relata el sabio:
«Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría». — Eclesiastés 9:10
De ahí el eco del proverbista: «¿Ves a un hombre diligente en su trabajo? Delante de los reyes estará, y no delante de los de baja condición».
Asimismo, es voluntad divina que el trabajador descanse debidamente:
«El necio cruza sus manos y come su misma carne. Más vale un puño lleno con descanso, que ambos puños llenos con trabajo y aflicción de espíritu». — Eclesiastés 4:5-6
La pereza es perversa, pero también lo es el activismo desmedido que prescinde del debido reposo. Cuando el trabajo se pervierte y se convierte en una carrera avariciosa por el dinero, el hombre se torna enemigo de Dios:
«El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad». — Eclesiastés 5:10
Por ello, la Escritura establece este hermoso contraste:
«Dulce es el sueño del trabajador, coma mucho, coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia». — Eclesiastés 5:12
Frente a esto, el Predicador repite su estribillo, añadiendo elementos de profunda madurez:
«He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte. Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios. Porque no se acordará mucho de los días de su vida; pues Dios le llenará de alegría el corazón». — Eclesiastés 5:18-20
Y de nuevo:
«Por tanto, alabé yo la alegría; que no tiene el hombre bien debajo del sol, sino que coma y beba y se alegre; y que esto le quede de su trabajo los días de su vida que Dios le concede debajo del sol». — Eclesiastés 8:15
Y ordena de manera imperativa:
«Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza». — Eclesiastés 9:7-8
La metáfora es nítida: la pureza, la justicia, la piedad y la bondad deben vestir el andar del hombre de Dios, reflejando el carácter de su Padre celestial, Creador y Redentor.
2. La reverencia en la adoración
«Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal». — Eclesiastés 5:1
La segunda conclusión práctica es el deber sagrado del culto. Los piadosos se reconocen porque temen y buscan al Señor. El impío, en cambio, considera que el tiempo dedicado a la adoración es un desperdicio que debería usarse en el trabajo, en deleites mundanos o en la comisión de iniquidades. En el marco de este deber sagrado, se nos advierte sobre la solemnidad de nuestras palabras ante el Altísimo:
«Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas. No dejes que tu boca te haga pecar, ni digas delante del ángel, que fue ignorancia. ¿Por qué harás que Dios se enoje a causa de tu voz, y que destruya la obra de tus manos?». — Eclesiastés 5:4-6
Es una advertencia severa contra el misticismo superficial y el palabrerío:
«Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras; mas tú, teme a Dios». — Eclesiastés 5:7
3. La superioridad de la sabiduría sobre la necedad
«Y he visto que la sabiduría sobrepasa a la necedad, como la luz a las tinieblas. El sabio tiene sus ojos en su cabeza, mas el necio anda en tinieblas; pero también entendí yo que un mismo suceso acontecerá al uno como al otro». — Eclesiastés 2:13-14
El Predicador experimentó la necedad en carne propia. A pesar de su vasta dotación intelectual, vivió de forma licenciosa, cediendo a cada uno de sus caprichos:
«Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda clase de instrumentos de música. Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena». — Eclesiastés 2:8-10
Fue precisamente tras evaluar el balance de esa vida desbocada y egocéntrica que llegó a la desilusión de su propia locura:
«Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol… Aborrecí, por tanto, la vida, porque la obra que se hace debajo del sol me era fastidiosa; por cuanto todo es vanidad y aflicción de espíritu. Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho debajo del sol, el cual tendré que dejar a otro que vendrá después de mí… ¡Que el hombre trabaje con sabiduría, y con ciencia y con rectitud, y que haya de dar su hacienda a hombre que nunca trabajó en ello! También es esto vanidad y mal grande». — Eclesiastés 2:11, 17-18, 21
La soberanía de Dios es un axioma ineludible; pretender oponérsele es un sinsentido existencial:
«El que guarda el mandamiento no experimentará mal; y el corazón del sabio discierne el tiempo y el juicio». — Eclesiastés 8:5
«Aunque el pecador haga mal cien veces, y prolongue sus días, con todo yo también sé que les irá bien a los que a Dios temen, los que temen ante su presencia; y que no le irá bien al impío, ni le serán prolongados los días, que son como sombra; por cuanto no teme delante de la presencia de Dios». — Eclesiastés 8:12-13
«Ciertamente he dado mi corazón a todas estas cosas, para declarar todo esto: que los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios; que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres; todo está delante de ellos». —Eclesiastés 9:1
La conclusión general del Predicador
«Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios». — Eclesiastés 11:9
El gran compendio de toda la obra se condensa en los versículos finales del libro:
«Y cuanto más sabio fue el Predicador, tanto más enseñó sabiduría al pueblo; e hizo escuchar, e hizo escudriñar, y compuso muchos proverbios. Procuró el Predicador hallar palabras agradables, y escribir rectamente palabras de verdad. El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala». — Eclesiastés 12:9-10, 13-14
Por lo tanto, mientras se ejercitan la piedad, la justicia, el amor y la verdad, el sabio aconseja:
«En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él». — Eclesiastés 7:14
Consideraciones finales
En última instancia, el Predicador no es un heraldo del fatalismo; es un lúcido teólogo que, habiendo experimentado en carne propia la futilidad de una vida sin Dios y contemplando la brevedad de la existencia desde la madurez de sus días, ofrece palabras de sincera sabiduría a las nuevas generaciones.
Dirige su alocución prioritariamente a los jóvenes porque sabe que, cuando el cuerpo decae por la vejez, los bríos para edificar una vida con propósito desde sus cimientos comienzan a desvanecerse. Su intención es proveer una brújula oportuna a quienes tienen el horizonte por delante.
El imperativo sigue en pie: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos». Atendamos el consejo de la sabiduría. No emulemos la actitud del joven rico de Lucas 18, quien, al ser confrontado por el Señor de la gloria para guardar la ley y seguir sus pisadas, se marchó compungido porque sus afectos estaban anclados en sus posesiones y no en el Maestro de maestros.
Elijamos, en cambio, formar parte de aquellos que edifican su casa sobre la Roca (Mateo 7): aquellos que escuchan y ponen por obra las palabras del Señor, el Rabino exaltado, nuestro Creador y Redentor.
¡Amén!



