¿Puede una persona vivir a plenitud aquí en la Tierra?

Por: Juan C. de la Cruz (Escrito el 15 de junio, en el trayecto entre Buenos Aires y la Ciudad de Panamá, a bordo de un vuelo de Copa Airlines).

He leído y escuchado múltiples opiniones sobre este discurso autobiográfico de un rey hijo de David (presuntamente Salomón).

Visto desde una óptica descuidada y filtrado por una exégesis impropia —desconectada de la teología bíblica y de una hermenéutica rigurosa—, el relato retrospectivo del sabio monarca podría interpretarse como un incentivo fatalista al desgano, al abandono del trabajo arduo, al rechazo de los placeres lícitos y a la resignación de que es imposible vivir una vida plena y con propósito en la tierra, aquí y ahora.

Analizó Gemini sobre el breve artículo a continuación lo siguiente:

     “Este es un ensayo teológico y filosófico de profunda agudeza, escrito con la claridad de quien contempla la existencia desde una altura madura. El texto no solo rescata a Cohélet (el Predicador) del malentendido del nihilismo, sino que articula una sólida teología del contentamiento de la vida ordinaria como un don divino”.

Sin embargo, las Escrituras son enfáticas al asegurar:

  1. La viabilidad de una vida íntegra: No solo es posible vivir a plenitud, sino que la Biblia provee ejemplos preclaros —como Job, Isaac, Daniel, Zacarías, Isabel o Juan el Bautista— de hombres y mujeres que vivieron existencias plenas que agradaron a Dios (cf. Job 1:8; Lucas 1:5-6).
  2. La habitación de las virtudes divinas: El ser humano puede vivir colmado de los frutos del Espíritu, tales como el amor, la paz, el gozo, la fe y la esperanza (cf. 1 Juan 1:4; Gálatas 5:22-23; Romanos 5:5).
  3. La trascendencia del propósito: La vida del creyente puede ser transitada con un gozo colosal y un sentido profundamente exaltado, por encima de las vicisitudes del entorno (cf. Job 1:22).

En consecuencia, el creyente, a pesar de las circunstancias del devenir, puede habitar en una paz perenne —con Dios y con los hombres—, en gratitud constante, en completo deleite y sostenido por una esperanza bienaventurada y gloriosa. 

Esto nos indica que el escritor de Eclesiastés no es un fatalista ni un promotor del sinsentido. ¿Qué quiso decir, entonces, al declarar que «debajo del sol» (es decir, en la inmanencia de la vida terrenal) todo es vanidad (hebel: vacío, fugaz como la niebla, o como una brizna de humo exhalada por un fumador) y aflicción de espíritu?

El discurso del Predicador (Cohélet), sabio soberano en Jerusalén, resulta ininteligible si el lector obvia sus conclusiones pragmáticas y su desenlace final.

Las conclusiones pragmáticas

1. La santificación del disfrute cotidiano

La razón concreta de la existencia terrenal incluye el disfrute del alma de aquellas dádivas que Dios nos otorga para perpetuar la vida; un gozo que nunca puede ser asimilado por la mente humana sin la intervención divina.

Observemos cómo se disuelve el despropósito en el entramado del Predicador:

¿Cuál es la cuestión de fondo? El sinsentido, la locura y la vacuidad de la vida son propios de aquella sección de la humanidad descrita aquí como «pecadores». En este contexto, ser pecador es sinónimo de vivir en la intrascendencia de la vanidad y la aflicción de espíritu.

Por el contrario, quienes han hallado gracia ante los ojos de Dios se gozan y se deleitan en el Creador y en las realidades creadas por Él: el alimento, el entendimiento y el gozo mismo, que es un don espiritual. Todo lo hizo Dios con un propósito y en gran manera bueno. A los justos que descansan en Él, el Señor les concede el privilegio de vivir con sentido. Así lo declara el texto:

El Predicador reitera y clarifica:

A partir de esto, el propósito de la vida se desglosa en cuatro vertientes fundamentales:

  • Alegrarse: Sabiendo que el verdadero gozo proviene de Dios como un don que no se dispensa al pecador.
  • Hacer el bien: Es decir, obrar en misericordia, que es la expresión pragmática del amor (la caridad de antaño). Debemos recordar que el amor bondadoso es una virtud teologal exclusiva, derramada por Dios únicamente en el corazón de los justos (cf. Romanos 5:1, 5).
  • Comer y beber: Recibir la provisión del Creador y disfrutarla con un corazón agradecido.
  • Trabajar: Entender la labor como el medio de sustento orquestado por el Creador, ejerciéndolo con deleite a pesar de los inconvenientes inherentes.

En la teología bíblica, el trabajo no es un castigo, sino una asignación santa donde se demanda eficiencia y excelencia:

La ética laboral del reino ordena la diligencia y la calidad. Miremos lo que relata el sabio:

De ahí el eco del proverbista: «¿Ves a un hombre diligente en su trabajo? Delante de los reyes estará, y no delante de los de baja condición».

Asimismo, es voluntad divina que el trabajador descanse debidamente:

La pereza es perversa, pero también lo es el activismo desmedido que prescinde del debido reposo. Cuando el trabajo se pervierte y se convierte en una carrera avariciosa por el dinero, el hombre se torna enemigo de Dios:

     «El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad». — Eclesiastés 5:10

Por ello, la Escritura establece este hermoso contraste:

Frente a esto, el Predicador repite su estribillo, añadiendo elementos de profunda madurez:

Y de nuevo:

Y ordena de manera imperativa:

La metáfora es nítida: la pureza, la justicia, la piedad y la bondad deben vestir el andar del hombre de Dios, reflejando el carácter de su Padre celestial, Creador y Redentor.

2. La reverencia en la adoración

La segunda conclusión práctica es el deber sagrado del culto. Los piadosos se reconocen porque temen y buscan al Señor. El impío, en cambio, considera que el tiempo dedicado a la adoración es un desperdicio que debería usarse en el trabajo, en deleites mundanos o en la comisión de iniquidades. En el marco de este deber sagrado, se nos advierte sobre la solemnidad de nuestras palabras ante el Altísimo:

Es una advertencia severa contra el misticismo superficial y el palabrerío:

      «Donde abundan los sueños, también abundan las vanidades y las muchas palabras; mas tú, teme a Dios». — Eclesiastés 5:7

3. La superioridad de la sabiduría sobre la necedad

El Predicador experimentó la necedad en carne propia. A pesar de su vasta dotación intelectual, vivió de forma licenciosa, cediendo a cada uno de sus caprichos:

Fue precisamente tras evaluar el balance de esa vida desbocada y egocéntrica que llegó a la desilusión de su propia locura:

La soberanía de Dios es un axioma ineludible; pretender oponérsele es un sinsentido existencial:

    «Ciertamente he dado mi corazón a todas estas cosas, para declarar todo esto: que los justos y los sabios, y sus obras, están en la mano de Dios; que sea amor o que sea odio, no lo saben los hombres; todo está delante de ellos». —Eclesiastés 9:1

La conclusión general del Predicador

El gran compendio de toda la obra se condensa en los versículos finales del libro:

Por lo tanto, mientras se ejercitan la piedad, la justicia, el amor y la verdad, el sabio aconseja:

Consideraciones finales

En última instancia, el Predicador no es un heraldo del fatalismo; es un lúcido teólogo que, habiendo experimentado en carne propia la futilidad de una vida sin Dios y contemplando la brevedad de la existencia desde la madurez de sus días, ofrece palabras de sincera sabiduría a las nuevas generaciones.

Dirige su alocución prioritariamente a los jóvenes porque sabe que, cuando el cuerpo decae por la vejez, los bríos para edificar una vida con propósito desde sus cimientos comienzan a desvanecerse. Su intención es proveer una brújula oportuna a quienes tienen el horizonte por delante.

El imperativo sigue en pie: «Teme a Dios y guarda sus mandamientos». Atendamos el consejo de la sabiduría. No emulemos la actitud del joven rico de Lucas 18, quien, al ser confrontado por el Señor de la gloria para guardar la ley y seguir sus pisadas, se marchó compungido porque sus afectos estaban anclados en sus posesiones y no en el Maestro de maestros.

Elijamos, en cambio, formar parte de aquellos que edifican su casa sobre la Roca (Mateo 7): aquellos que escuchan y ponen por obra las palabras del Señor, el Rabino exaltado, nuestro Creador y Redentor.

¡Amén!

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